image001Capitalismo es crisis apuntes sobre el actual estado del malestar

1. CAPITALISMO ES CRISIS

A todos los efectos, la primera gran crisis del siglo XXI es una crisis histórica, en el sentido de que engloba todas las contradicciones que el capitalismo ha ido acumulando desde los años 70 hasta la actualidad.
Este período turbulento comienza con la crisis del petróleo en 1973 y se solapa temporalmente con la conflictividad desarrollada por los focos de resistencia obrera en los diferentes sectores del capital industrial (astilleros, automóvil, acero, electrónica) entre los años 1973 y 1979. Continúa con las diferentes maniobras de reconversión industrial en los años 80, el crack financiero de 1987 y, más recientemente, con la crisis de la new economy y las empresas “punto com” en los 90, la crisis de los mercados del sureste asiático en 1997, el derrumbe del índice NASDAQ en el 2000, estallando finalmente con la crisis del sistema de crédito y el impago de hipotecas de alto riesgo en EEUU en el 2007.
La sucesión de las crisis se desarrolla en tiempos tan breves que hace imposible su reconstrucción y comprensión mediante dinámicas cíclicas. Una de las peculiaridades de la crisis en curso es que no deriva del pasado sino que más bien proviene del futuro. De un futuro no vivido, comprado a crédito con dinero traído al presente por la máquina del tiempo financiera y que supone una condena a cadena perpetua para la masa trabajadora. Una cadena perpetua de endeudamiento; una hipoteca como condena perpetua.
En los últimos 40 años las crisis se han sucedido cada vez más rápido, trasladándose de una burbuja a otra y revelando la absoluta incapacidad del sistema capitalista para subvertir este universo de inestabilidad permanente.
La inestabilidad, por otra parte, es percibida por la maquinaria del capital como una oportunidad de negocio, como un potencial nicho de mercado en el que experimentar con la inclusión de sistemas robóticos y telemáticos que cristalizan en enormes cotas de trabajo muerto. La tendencia del capital es suprimir, tanto como sea posible, el trabajo humano para sustituirlo por empleo tecnológico, lo que reduce drásticamente la capacidad de incidencia de la masa asalariada en los conflictos laborales.
Las crisis son un factor de innovación del propio Capital y suelen resolverse a través de procesos de reestructuración que alteran todo el circuito de producción de valor y mercancías, al tiempo que modifican el mundo del trabajo de manera irreversible. La crisis en curso lleva implícita, además, la transformación total de la estructura del Estado como asegurador social, lo que está originando una nueva partición de lo social de efectos impredecibles.
Vivimos en la época de separación entre el espacio global de gestión económica del capital y los espacios nacionales de gestión social y política.
La economía se ha convertido en el “área de lo no político” y lo que resta de gestión queda en manos del Estado, al que no se le permite la intromisión en cuestiones económicas. El modelo de Estado nacional se está extinguiendo y en su propia extinción se está rodeando de una aureola de catástrofe natural.
La economía estatal ha adquirido tal porosidad que los Estados carecen de maniobra para soportar la extensión totalitaria de los mercados, así que las únicas tareas que el Capital le permite, y que se espera que cumpla, son las de mantener unos “presupuestos nacionales equilibrados”, modificar el clima de confianza ante los inversores e influir en las dinámicas de opinión pública.
A nivel de gestión política, asistimos a la irrupción de un nuevo modelo de Estado, el Estado represivo, cuya labor fundamental pasa por contrarrestar con violencia extrema los efectos resultantes de la destrucción capitalista de las condiciones de vida de la masa trabajadora. La conversión de los Estados en grandes comisarías genera confianza en los mercados y en los inversores, que tienen muy en cuenta este aspecto a la hora de invertir o retirar fondos.
Podemos agrupar las crisis en el modo de producción capitalista en 2 categorías:
a) Crisis por saturación. El fenómeno de saturación se explica por un exceso de oferta frente a la demanda de mercancías, originándose una sobreproducción de bienes en stock, que la masa social es incapaz de consumir.
Una analogía contemporánea a este fenómeno la podemos observar en la Red, en la que existe una sobreproducción de símbolos e información respecto al tiempo y la atención humana disponible. El ciberespacio, como concatenación de componentes tecnológicos, puede ser acelerado sin límite, presentando un desfase de velocidad en relación al ciber-tiempo humano, que está ligado a las limitaciones naturales del cuerpo. El volumen de información y la velocidad a la que circula internet producen una sobrecarga psíquica que colapsa la atención disponible. Una atención saturada sólo tiene tiempo de ocuparse de estímulos con valor de supervivencia (economía, estudios, trabajo), mientras que la esfera emocional, que no es digitalizable, se comprime y la empatía se reduce socialmente.
b) Crisis de crecimiento. Se desarrolla como consecuencia de un cambio de fase histórica, de una mutación en el ciclo productivo, que lleva implícita la imposición de un nuevo paradigma socio-económico. La crisis en curso es de crecimiento y el nuevo paradigma impositivo está relacionado con en el penetrante carácter invasivo del capitalismo y su necesidad de apropiación del conocimiento generado por los trabajadores en los diferentes sectores estratégicos de la economía.
Los procesos de apropiación capitalista están relacionados con la adquisición de las patentes sobre la genética, la bio-diversidad o los fármacos, con la privatización de la educación o la salud, con la vinculación de la investigación universitaria a grandes compañías, con la mercantilización de todos los servicios públicos, privatización del espacio metropolitano para aparcamiento, con la propiedad de los derechos de autor, etc.
Las estrategias del capitalismo post-industrial van orientadas a la captura y transformación de cualquier actividad material o inmaterial que no participe explícitamente de las relaciones capitalistas de producción o que lo haga sólo parcialmente. La propia estructura del Estado, tal y como lo conocemos hasta ahora, representa un obstáculo que el Capital necesita superar para reproducirse socialmente. Sus líneas de actuación van dirigidas hacia el desmantelamiento del llamado “Estado del bienestar”, que tradicionalmente ofrecía garantías mínimas de seguridad a las clases medias y que de algún modo aseguraba la gratuidad de ciertos servicios sociales para la masa asalariada (gratuidad que no es tal ya que es sostenida por las cotizaciones y los impuestos de los propios asalariados). Esta “gratuidad” en los servicios públicos constituye un nuevo objetivo de privatización o mercantilización en el proceso general de apropiación que el capitalismo lleva a cabo con todos los aspectos de la vida.
No existen salidas progresivas a la crisis ni posibilidades de una vuelta atrás con la resurrección de un nuevo pacto capital-trabajo de tipo neo-keynesiano reforzado con la creación de instituciones que limiten el poder financiero. El contexto histórico no da espacio a prácticas o teorías reformistas.
Tampoco es asumible la hipótesis de un colapso total del capitalismo, como profetizan algunos medios izquierdistas. El capitalismo es crisis y en crisis puede sobrevivir durante muchos años. Por tanto hay que asumir desde ya que el Capital nunca morirá de muerte natural y que ésta, tarde o temprano, tendrá que ser provocada. El capitalismo, en el peor de los escenarios posibles, podría perfectamente sobrevivir en simbiosis con el Estado, bajo la apariencia de capitalismo de Estado de orientación eco-fascista.
Lo que realmente se está gestando en el interior del capitalismo es una serie de colapsos sistemáticos (sociales, culturales, energéticos, de confianza económica, de miseria por superpoblación….) que vienen a demostrar que las promesas de crecimiento ilimitado del capitalismo no son más que una utopía. El capitalismo no es superable, ni reversible, ni degradable; el capital se ha convertido en una segunda naturaleza y la humanidad tendrá que enfrentarse en todo momento con las lógicas sociales derivadas de la reproducción del capitalismo. Es necesario luchar, por tanto, contra las necesidades que el capital afirma; sustraerse a sus exigencias y demandas, construyendo autonomía social y desarrollando conflictividad, de manera ininterrumpida, contra las necesidades económicas del capital.

2. DE LA MATERIA DE LA QUE SE ALIMENTAN LAS CRISIS

Si existió un capitalismo anterior a la revolución industrial y de base fundamentalmente comercial, conocido como pre-industrial, parece evidente la posibilidad de existencia de un capitalismo post-industrial, con características propias y que, de algún modo, aparezca recombinado a nivel global con fragmentos, paradigmas y dinámicas del capitalismo industrial.
El capitalismo post-industrial, como régimen de acumulación, se estructura en varios pilares que le permiten multiplicar su dominio e incrementar sus formas de beneficio o ganancia:
a) Conversión del mercado financiero en principal motor de ganancia, en financiador de las inversiones y en eje de distribución de ingresos. La financiarización que palpita en el corazón de la crisis es producto de la incapacidad del Capital para extraer plusvalías siguiendo el curso normal de la explotación de la fuerza de trabajo.
Según la lógica del modelo industrial, los beneficios obtenidos por las empresas eran reinvertidos en la mejora y ampliación del proceso industrial o bien eran recogidos por entidades bancarias que a posteriori daban crédito a las empresas para nuevas inversiones productivas. De una manera u otra los beneficios se traducían en el mantenimiento o la creación de empleo.
En el modelo actual de economía financiarizada, los beneficios empresariales son desviados hacia procesos especulativos (compra de acciones, fondos de inversión, rentismo, etc.) que no son directamente productivos y que, por tanto, no revierten en la ampliación de la actividad empresarial, ni en la contratación.
Las empresas han recurrido a los mercados financieros para recuperar su tasa de ganancias mediante dispositivos externos a los procesos industriales. La financiarización de las empresas no genera empleo y, en el peor de los casos, si éstas toman partido por la deslocalización, aumentan enormemente las tasas de paro.
Por otro lado el capitalismo post-industrial, para reproducirse a escala ampliada y lograr colonizar todos los aspectos de la vida social, ha necesitado de la participación de las economías domésticas en los circuitos financieros. La financiarización doméstica consiste en el desviamiento de parte del salario o ahorros de trabajadores y pequeños propietarios hacia la adquisición de “productos” que generan dinero por medio de dinero: compra de acciones, participaciones preferentes, inversiones a plazo fijo, compra de vivienda para reventa o alquiler, especulación de suelo o agua, etc. El proceso de financiarización ha llegado, incluso, a la formación universitaria en forma de becas-préstamo en estudios de postgrado.
La obtención de beneficios a través de estas prácticas especulativas domésticas potencia entre la población la sensación de “efecto riqueza”, que se materializa en hábitos desorbitados de consumo y asimilación de estándares de comportamiento de clase media, incluso en presencia de salarios decrecientes.
Para lograr que triunfara la financiarización ha sido necesario que las tesis totalitarias del libre mercado se convirtieran en la ideología hegemónica del Estado. El Estado ha sido el encargado de generalizar y democratizar la financiarización, en primer lugar entre las clases medias y posteriormente entre la masa asalariada. La masa obrera, ante la evidencia de su total descomposición como clase y su transformación en sujeto de consumo, optó por re-identificarse simbólicamente, asumiendo los hábitos de la clase media, que es la clase de la época de la imposibilidad de clases. Tanto la clase media de propio derecho como la “sociológica” proveniente del estrato obrero buscan compensaciones a su débil identidad de clase mediante su vinculación directa con el Estado, conformando el verdadero partido del Estado.
La financiarización puede ser considerada como un método de control social compatible con las sociedades democráticas, basado en la participación formalizada de las masas en el experimento capitalista del endeudamiento y la socialización de riesgos. La financiarización es una forma de democracia formal que subsume la vida dentro del proceso de valorización capitalista y que defiende la ideología del efecto riqueza como forma de consenso y anulación de la posible conflictividad social.
b) Conversión de la generación y difusión de conocimientos en fuente de valorización capitalista. La apropiación de los saberes movilizados por el trabajo vivo y su incorporación a la producción, a las maquinas o a la tecnología es una de la principales fuentes de valor en el capitalismo post-industrial, al tiempo que actúa como palanca de sustracción de la capacidad de decisión y autonomía de los trabajadores. El conocimiento, la inteligencia, los afectos y las relaciones, junto a las energías psíquicas de los trabajadores quedan subsumidas en la producción apareciendo encapsuladas como saber operativo.
En las empresas occidentales maduras aparecen relegados a un segundo plano aspectos fundamentales como el capital fijo (instalaciones, aparatos, maquinaria, etc.) o la metodología de trabajo repetitivo-despersonalizado, característica del capitalismo industrial. Estos procesos propios de la cadena de montaje no desaparecen, sino que cobran importancia y extensión creciente en regiones como Marruecos, China o el sureste asiático, destinos de deslocalización total o parcial de las empresas occidentales.
La flexibilización de las estructuras empresariales permite la concentración, en occidente, de empresas matriz nutridas de saber tecno-científico combinadas con unidades productivas dispersas y precarizadas conectadas a la matriz mediante el recurso a la subcontratación. La flexibilidad obstaculiza enormemente la recomposición de las figuras resistentes al proceso de explotación, por la imposibilidad de bloquear la producción o atacar los puntos estratégicos de la empresa matriz, que suele estar ubicada a miles de kilómetros del origen del conflicto.
La flexibilización parece ser un principio universal de racionalidad económica que se aplica en el mercado laboral, tanto a la oferta como a la demanda, pero su contenido es distinto a ambos lados de la línea divisoria:
• En la demanda, flexibilidad significa fragmentación y desplazamiento de empresas a otros puntos del globo, quedando la población autóctona como receptora de todas las nocividades ambientales, económicas y sociales.
• En la oferta, flexibilización supone puestos de trabajo que van y vienen, contratación precaria, despidos sin aviso. Supone que los trabajadores olviden, que pierdan el arraigo a trabajar todos los días, que abandonen las fantasías de los derechos laborales y la idea de estabilidad e ingresos constantes. Las pautas de flexibilidad capitalista han demostrado ser para los trabajadores, absolutamente rígidas e inflexibles.
c) Descomposición de la fuerza de trabajo a nivel global. La dictadura empresarial está provocando un colapso del salario a nivel mundial, alimentando la expansión de un mercado de trabajo sin garantías sociales o laborales, con tintes de sistema esclavista. En la periferia, donde las empresas occidentales han colocado sus manufacturas, el esclavismo es reconocible a través del trabajo nocivo y humillante, con salarios que apenas permiten la compra de comida para sobrevivir. En las metrópolis el esclavismo moderno presenta rasgos originales, con trabajadores hiperactivos, sobreexcitados, correteando entre el tráfico, inhalando veneno y hablando por el móvil; corriendo más rápido para pagar los costes de una vida cuyo ritmo han dejado de controlar por completo.
La imagen de una relación laboral normalizada, de tiempo indeterminado y dotada de derechos sociales, construida bajo la óptica del capitalismo occidental del siglo XX ha sido progresivamente difuminada. En la actualidad la estabilidad laboral se ha convertido en situación absolutamente excepcional, muy alejada de la normalidad del desempleo y el trabajo infra-pagado.
El ámbito asalariado occidental ha quedado fragmentado en un sinfín de categorías con un núcleo relativamente estable, con competencia técnica y que asegura funciones estratégicas: una nube subalterna de “trabajo contingente” que bascula entre la condición asalariada precaria y el desempleo. Las luchas de los trabajadores occidentales ya no son por mejores salarios sino por la continuidad de los ingresos, aunque sean mínimos. La precariedad no es un elemento particular en las relaciones productivas, es una forma de subjetividad social que constituye el corazón negro del proceso de producción. Es el elemento transformador de todo el ciclo de producción.
Lo social se presenta como una maraña mercantilizada en la que la identidad con el trabajo carece ya de relevancia. Esto se confirma con la aparición de nuevas especies sociales, en especial jóvenes, con unas formas de relación, unos hábitos de consumo y unas mitologías culturales muy alejadas de los estándares propios de los trabajadores.
Los comportamientos juveniles se impregnan de subjetividad precaria y su conciencia es manifestada como desesperación, sentimiento de asfixia o búsqueda de aturdimiento anestesiante.
La delincuencia, la economía sumergida, el vagabundeo o la cárcel son, en muchos casos, la alternativa directa al trabajo: métodos expeditivos del Estado para deshacerse de una parte de la población prescindible para la producción y para la cual no hay trabajo.
d) Redefinición de nuevos órdenes jerárquicos y estratégicos internacionales, reforzados con la consolidación de estructuras de poder supra-nacionales (FMI, BCE, BM, G8, etc.). Los objetivos de los organismos internacionales se centran en contribuir a la estabilidad de los tipos de cambio, en afirmar las virtudes del mercado para distribuir los recursos y en dirigir quirúrgicamente las intervenciones de los Estados en lo económico.
En el ámbito geopolítico, la crisis en curso pone en discusión la hegemonía financiera occidental y la centralidad de los mercados bursátiles anglosajones. La evolución de la crisis vendrá marcada por un desplazamiento progresivo de los centros financieros hacia Oriente y el Sur, puesto que la mayor parte de los centros productivos y de intercambio comercial ya están desplazados sobre estas zonas.
Una de las contradicciones del capitalismo contemporáneo ha sido promover la deslocalización y externalización de empresas maduras occidentales hacia los países denominados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Las industrias de estos países han logrado, en pocos años, poner en crisis el liderazgo tecnológico occidental y japonés con la implementación de un modelo productivo basado en la capacidad de imitación, apropiación y acumulación de conocimientos, así como en formación acelerada de trabajadores sin pasar por disciplinas académicas. La capacidad para producir con menos dinero genera mercancías más baratas que inundan el mercado, lo que deriva en una caída general de beneficios en las empresas occidentales por incapacidad para competir. La figura de obrero masa y del modo de producción industrial está emergiendo de nuevo en otras partes del planeta, donde se combinan condiciones laborales degradadas con pérdida de garantías y logros históricos. Mientras tanto declina en los países occidentales con economías fuertemente terciarizadas y con un tejido productivo centrado en el diseño e ingeniería de productos, comercialización o distribución, así como en las relaciones con los proveedores.
e) Sustitución del mando directo sobre el proceso productivo por un mando directo sobre el mercado. Las empresas occidentales se han convertido en lugares de negocio donde la preocupación prioritaria pasa por el sostenimiento de la arquitectura financiera, quedando la producción y los trabajadores en un segundo plano. Hemos asistido a la desaparición de la vieja clase propietaria, que ha tenido que ceder el control de las empresas a una “clase gestora”, a un estrato post-burgués no propietario, con talento gerencial, técnico y que asume funciones de asesoramiento, dirección financiera y de representación legal o política.
Ejecutivos, técnicos, burócratas y militares son los nuevos gobernantes que controlan la dirección estratégica de los medios de producción y que han sustituido a la vieja clase propietaria en la imposición de la dictadura capitalista.
Esta “clase gestora”, rendida a la potencial del capital y emancipada de convencionalismos políticos o morales, es marcadamente neo-conservadora y presenta rasgos de arribismo y miseria existencial. Constituye la clase dirigente anónima, sin rostro ni palabra, que exalta a la empresa privada, asesora en los procesos privatizadores y recomienda el desmantelamiento de los sectores públicos del Estado.
Esta clase gestora es internacionalista y está dotada de plena movilidad, siendo transferida de las multinacionales a los gobiernos y de los gobiernos a las corporaciones según los intereses estratégicos del capital.
f) Remodelado capitalista de la subjetividad social entorno a conjuntos de símbolos, estereotipos, patrones interpretativos y valores asociados a la lógica del cálculo monetario. Este fenómeno es tanto más acusado cuanto mayor es la terciarización económica avanzada de un territorio.
El capitalismo, con ayuda de la técnica, ha creado lenguajes formalizados en los que todo es reducible al algoritmo. Los gestos, las palabras y los procesos de valor están codificados por un lenguaje digital, que prescinde de la territorialidad de las lenguas maternas. Los habitantes de las ciudades, por mucho que convivan en el mismo territorio, son extraños los unos para los otros y socializan según códigos diferentes. La experiencia del otro como ser reconocible desaparece, intensificándose la sensación de soledad, de miedo e impotencia. El vértigo por la pérdida de identidad y la imposibilidad de traducir los lenguajes del “otro” hace que estalle el paroxismo de la diferencia, en el que cada uno se encierra en su propia identidad y se comunica con el único lenguaje comprensible por todos, el de la violencia o el del dinero, que son, a fin de cuentas, expresiones de resentimiento permanente.

3. LA LARGA SOMBRA DEL PROPIETARIADO HISPÁNICO

El proceso de financiarización en el Estado Español presenta peculiaridades propias al encontrarse fuertemente ligado al ciclo de expansión urbanística e inmobiliaria desarrollado entre 1997- 2007.
La amplitud de este ciclo económico se presenta como una anomalía económica entre los países occidentales y está relacionada con un giro sustancial de la estructura productiva del Estado español hacia el sector de la construcción a partir del 1997, así como a la terciarización de la economía asociada al desarrollo urbanístico y al turismo de masas.
En este período la economía española experimentó una extraordinaria tasa de creación de empleo que sólo fue extraordinaria en su volumen pero, en ningún caso, en su calidad. Las sucesivas reformas laborales en el Estado español, legitimadas por la traición pactista entre sindicatos y patronal, habían llevado a una desregulación paulatina de las relaciones laborales, materializada en la generalización de la contratación temporal, la reducción de prestaciones por desempleo y el abaratamiento de la salida del mercado laboral.
La precarización del mundo del trabajo y la presencia de salarios decrecientes favoreció la penetración social del fenómeno de la financiarización en las economías de los trabajadores. La financiarización, como modelo de acumulación perversa, demuestra que el capital necesita involucrar a todos los estratos sociales, tanto a clase media como a la masa proletaria, para crecer y seguir produciendo beneficios. En este experimento de capitalismo de masas los bancos fueron creando, desde los 90, productos financieros atrayentes para trabajadores y pequeños ahorradores, como fondos de pensiones privados, compra de pequeños paquetes de acciones, fondos de inversión a plazo fijo, etc., que de una manera u otra serían rentabilizados en un futuro.
Pero fue la conversión de vivienda en un bien de inversión del que sacar tajada para completar las economías domésticas el elemento que permitió al capitalismo financiero reproducirse a escala ampliada y extender globalmente el fenómeno de la financiarización entre la masa asalariada. Este fenómeno funcionó mientras existió un incremento progresivo de los precios de los inmuebles; de otra manera hubiera sido imposible captar a los “clientes potenciales” que creían firmemente en el efecto riqueza derivado de la venta de la vivienda por un valor superior al de compra. El valor de uso de una vivienda se había transformado en valor de cambio.
La sensación de crecimiento, el aumento constante de la tasa de empleo y la euforia económica de la que se vanagloriaba el Estado favoreció que una amplia fracción de la población española participara en el mercado inmobiliario de pequeños propietarios, exponiéndose a un creciente volumen de deuda. Al tiempo, la sensación de prosperidad disparó el consumo interno nacional en todos los ámbitos, en especial en la adquisición de automóviles, generalizando los bancos el recurso del crédito para mantener el consumo, mientras los salarios decrecían un 10% en esta década…
La enajenación financiera de masas que arrasó el Estado español entre 1997-2007, arrastró a gran parte de la masa asalariada hacia una ficción de pertenencia social a las clase media propietaria, conformando un verdadero propietariado inclusivo que intentaba ocultar sus posiciones de precariedad o explotación con el recurso del crédito. Para el propietariado, el salario dejó de ser un factor dominante para determinar la posición social, que paso a depender del valor del patrimonio inmobiliario. La propiedad, tanto de vivienda como de automóvil, se convirtió sociológicamente en el nuevo criterio de distinción social, en sinónimo de des-proletarización. La fiebre financiera popular permitió que millones de individuos pertenecientes a la masa trabajadora, amalgama en descomposición de la antigua clase obrera, se mimetizaran con la clase media tradicional conformando un propietariado consumista, no clasista y favorable al partido del Estado. El espejismo de la sociedad de propietarios alimentó el consenso político-social en relación al modelo productivo basado en la construcción y en la especulación inmobiliaria, lo que explica la debilidad de la contestación social en este ciclo protagonizada por diversas plataformas ecologistas, algunas agrupaciones vecinales, la red V de vivienda y grupos de acción contra las inmobiliarias dispersos por diferentes puntos del Estado.
Con la llegada de la crisis, los diez años de vida del efecto riqueza se han transformado en un largo período de efecto escasez y la ilusión del individualismo propietario se ha disuelto en la triste realidad del individualismo deudor o bien del desahucio individualizado.

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