Para nosotras, como Grupo Estudiantil Anarquista, ha sido una preocupación constante desde nuestro nacimiento la construcción de un movimiento estudiantil que sepa organizarse desde abajo, de forma autónoma y horizontal, para trascender los espacios académicos y ser parte activa de los procesos de transformación social tan necesarios hoy por hoy. Para nuestra VI Asamblea Semestral, realizada en Enero del año en curso (2015), decidimos retomar este punto que tanto hemos trabajado pero que requiere de constante actualización y estudio, para comprender cómo avanzar hacia horizontes revolucionarios y no quedarnos en la palabrería que limita y paraliza. Este documento lo presentamos como resultado de nuestras discusiones y como herramienta para comprender la apuesta que tenemos como organización y como parte de un proyecto político anarquista.
La necesidad de realizar un estudio profundo del tema no es solo comprender los fundamentos teóricos e históricos de la inserción social y el trabajo de base, sino además, ubicar el debate en el contexto concreto en el que estamos inmersas: en el tiempo y lugar en los que militamos, entendiendo no solo las diferencias en lo macro (entre continentes o países, por ejemplo) sino también en lo micro, es decir, en las particularidades de nuestros territorios más inmediatos, como universidades o facultades. Partiendo de eso, presentamos una serie de pinceladas que permitan aproximarse a los conceptos que esboza nuestra propuesta.

estudiantesEl anarquismo y el movimiento social:
Para nosotras es claro que el anarquismo nace como una apuesta política de transformación que es hija directa de la lucha de clases que se desarrolla en el siglo XIX y se consolida al calor de la movilización obrera de entonces. Es en ese escenario donde aparecen teóricos y militantes como Proudhon, Bakunin, Kropotkin y otro sin número de compañeras que aportan elementos importantes a la hora de darle cuerpo a nuestra idea, entre otras, las sindicalistas libertarias de Estados Unidos que participaron en la revuelta de Haymarket en 1886 o la liberación de Baja California en 1911, en el marco de la Revolución Mexicana. Destacar la propuesta de Bakunin sobre la implementación de un programa revolucionario dentro de la I Internacional, elaborado desde la Alianza Internacional por la Democracia Socialista y que nos anticipa la idea de la inserción en los movimientos sociales amplios por parte de las socialistas libertarias, que guardan una especificidad como revolucionarias en organizaciones de carácter político. Poco después Malatesta lleva la propuesta un poco más allá y nos habla de la importancia estratégica de jugársela por entrar al movimiento sindical como anarquistas1, sin diluirnos en él pero tampoco sin alejarnos del mismo o intentar suplantarlo.
Esta rica teoría acumulada durante décadas repercute en lo que serían las experiencias de mayor alcance que ha tenido el anarquismo alrededor del mundo: la revolución rusa y ucraniana (1917-1921), el Biennio Rosso en Italia (1919-1920), la Provincia Libre de Shinmin en Manchuria (China) (1929-1931), la lucha anarquista en Bulgaria (1918-1948), la revolución social en varios territorios de España (1936-1939) y la avanzada del anarquismo uruguayo para finales de los años 60 y principios de los 70. En Colombia cabe anotar la fuerte presencia de los anarquistas en el sindicalismo revolucionario durante gran parte de los años 20, siendo la más poderosa fuerza dentro de varias organizaciones obreras y convocando a la unidad de las trabajadoras en ciudades como Bogotá, Santa Marta, Barranquilla o Neiva.
Al día de hoy nos encontramos con un panorama desolador en comparación: esta presencia del anarquismo en términos de acción de clase se ha visto disminuida, no solo por una aparente derrota en varios lugares, sino por problemas intestinos. El anarquismo limitado a un estilo de vida o al activismo de propaganda, así como un alejamiento de las luchas sociales en muchos casos, ha hecho que el ideal libertario se quede reducido al ámbito discursivo, salvo contados casos alrededor del mundo. Es en ese marco donde varias organizaciones y compañeras asumen una postura política que pretende recuperar ese vector social que tanto nos caracterizaba en otros tiempos. Esta corriente autocrítica y propositiva, que históricamente ha bebido de campos como el especifismo y el anarquismo socialista y organizado (corrientes que se expandieron desde países como Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, entre los años 70’s y 90’s del siglo pasado), desarrolla una propuesta estratégica que pretende superar el reflujo generalizado: la inserción social.

La apuesta por la inserción social:
Como GeA asumimos la inserción social desde nuestro nacimiento: el concepto lo entendemos y desarrollamos como una perspectiva de acción dentro de los movimientos sociales amplios (en nuestro caso concreto, el estudiantil) para desarrollar y promover prácticas de acción y organización de carácter antiautoritario. Esta inserción dentro de los movimientos no es una cuestión de lanzarse y ver dónde caemos para después improvisar, es tener un plan mínimamente definido que sea propositivo y constructivo para el movimiento social, y de esa manera, que pueda “contagiarse” de prácticas libertarias. Cabe acotar que cuando hablamos de inserción no asumimos que la militante está predeterminadamente “afuera” del mundo social, sino que lo que se busca insertar no es la persona en singular sino la estrategia coordinada y colectiva: no es que nos insertemos de “afuera” hacia “adentro” ni de “arriba” a “abajo”, sino que seamos un puente por el cual una línea de acción anarquista pueda empezar a implementarse dentro del movimiento social. Así, aunque nazcamos hijas de la clase trabajadora, solo un estudio profundo de las propuestas del anarquismo y una proyección coordinada es garantía para que la clase trabajadora adquiera prácticas libertarias.
La inserción social para nosotras, que nos reconocemos como una organización político-social, implica un dialogo desde abajo, coordinado y no vanguardista. Estas prácticas libertarias de las que hablamos no se imponen ni se establecen de mala forma, lo que es común muchas veces dentro del movimiento estudiantil colombiano. De cierta manera, podemos pensar que la inserción social bebe de la propuesta del dialogo de saberes, es decir, del intercambio de conocimientos y experiencias de forma horizontal y dialéctica, pues no es solamente “anarquizar” los movimientos sociales sino también, y con igual de importancia, que nuestra corriente puede aprender de ellos y retroalimentarse.
La forma en la cual participamos dentro de los movimientos sociales es a partir de la acción directa, que es la participación sin intermediarios de los sujetos sociales en su entorno, es una negación de las jerarquías, la imposición y la burocracia. Esta acción, que para nosotras camina junto con la inserción social, no puede ser espontánea, debemos plantearla y desarrollarla en espacios definidos (la facultad, la universidad, el colegio, etc.) y debe llegar a todos los niveles: el barrio, la ciudad, el campo, la región… el mundo. La acción directa es la participación de las involucradas en las decisiones que les afectan, desafiando la democracia representativa o el papel de “lideres” sociales.
Además, la relación entre inserción social y perspectiva de clase es fundamental para nuestro proyecto, por ello es importante entender a la militante como un sujeto que trabaja en pro de la lucha de las oprimidas y no una activista ajena a los problemas de las trabajadoras. Asumirse en una identidad de clase también aleja a la inserción social de las posturas asistencialistas de la política liberal o de la toma del poder, pues reconocemos que somos las de abajo las únicas capaces de superar las condiciones estructurales que nos condenan a la miseria, y entre nosotras mismas, podemos crear un nuevo mundo a través de la autogestión de territorios y comunidades, y no como una “conquista” externa que se nos ofrece, por medio de un partido-vanguardia o de un Estado.

Militancia e inserción social:
Entendemos la inserción social como una necesidad militante y colectiva, y no como activismo individual que no va más allá de la satisfacción individual. La inserción social tiene como objetivo específico el volcamiento de las organizaciones y movimientos sociales hacia formas libertarias; no es un saludo a la bandera o acción incompleta para poder lavarnos las manos y sentir que “algo hacemos”: es una forma de alzarnos a nuestra libertad, en el sentido tangible del concepto.
En ese orden de ideas cabe anotar la distancia entre inserción y trabajo social. A diferencia de lo que apunta gran parte de la izquierda del país estos dos conceptos no son sinónimos sino que representan una serie de matices profundos: el trabajo social es participar en movimientos sociales pero sin buscar, organizadamente y de forma sistemática, dotarles de prácticas libertarias, dejándose arrastrar por ellos y perdiendo la definición nuestra. La inserción social, para nosotras, es una intencionalidad de transformación, de llevar el anarquismo a las prácticas reales y no dejarlo en un discurso abstracto y lejano, de incidir y no dejarse llevar.
Para ilustrar mejor esta diferencia no sobra decir que la inserción nos permite ver cambios, aunque sean pequeños, pero sustanciales para los movimientos sociales, que serán más profundos y eficaces en tanto nuestra proyección esté más definida. El trabajo social puede mostrar fuerza cuantitativa, pero se queda corto a la hora de preguntarnos qué tan libertario se ha vuelto el espacio donde nos encontramos. Claro, esto no niega que en un determinado lugar sea mucho más difícil que podamos generar cambios en el corto plazo por la correlación de fuerzas desfavorable, pero es vital entender estos obstáculos como oportunidades para desarrollar tácticas creativas que nos permitan explorar maneras diferentes de insertarnos para diferentes lugares y no simplemente limitarnos a estar por inercia.

El trabajo de base:
Desde el GeA entendemos el trabajo de base en dos sentidos interdependientes, es decir, que no van aislados sino que se relacionan entre uno y el otro: es un objetivo político que tenemos como organización, y a la vez, praxis que se traduce en lo concreto frente al movimiento estudiantil. Esto último no es un comentario gratuito, pues es común encontrar en organizaciones estudiantiles una fuerte retórica al respecto, convirtiendo el trabajo de base en simple bandera para izar o en estrategia de publicidad coyuntural, como por ejemplo, para elecciones estudiantiles. Nuestra preocupación por desarrollar trabajo de base es multitemporal y multiespacial: es preciso pretender por él en todo lugar y en cualquier momento, y que sea real y honesto es la principal preocupación de nuestra evaluación autocrítica de cuanto hemos avanzado al día de hoy.

Contrario a la crítica que se suele hacer desde diferentes posturas verticales, el trabajo de base no se limita al localismo, de hecho, el reto que nos proponemos es construir de lo particular a lo general, de abajo a arriba. El trabajo de base nos permite problematizar a través del dialogo, parte de las demandas inmediatas buscando conquistarlas, pero también nos permite ubicarlas en un contexto estructural: por ejemplo, el trabajo de base de una facultad no es simplemente buscar resolver problemáticas que se tengan en dicho espacio, sino ubicarlas dentro de la crisis de la educación en el sistema capitalista.
Además, el trabajo de base que proponemos tiene la intención de cualificar y politizar, buscando que las comunidades en las que nos encontramos empiecen, a partir de las prácticas y vivencias propias, apropiarse del conocimiento de los problemas locales y estructurales, cualificar esas experiencias para que sean cada vez más profundas y que se puedan interconectar con otros sectores en lucha, construyendo multisectorialidad y solidaridad efectiva. No creemos en las bases por las bases, por eso, esta cualificación es parámetro fundamental para nuestra línea de acción.

El trabajo de base y la inserción social en la universidad:
Como Grupo asumimos políticamente la necesidad de la inserción social y el trabajo de base como apuesta revolucionaria, sin embargo, la materialización se da en la universidad para nuestro caso, porque es el territorio concreto en el que estamos ahora. Ello no quiere decir que nuestra propuesta sea ensimismar o encerrar el movimiento estudiantil dentro de las rejas que marcan las fronteras de la universidad, sino es precisamente que nos pensemos como parte de las diferentes expresiones en resistencia, en la medida en que nuestro movimiento se construye y define a sí mismo. Por ejemplo, una de nuestras preocupaciones tácticas es revisar constantemente maneras creativas de que los procesos gremiales en los que nos encontramos se puedan conectar con otras carreras, facultades, universidades y se solidarice con las luchas que dan otros actores sociales, como por ejemplo, trabajadoras, campesinas, mujeres, territorios, indígenas y demás.
Esta multisectorialidad no solo es una necesidad filosófica de unirnos con los sectores tradicionales de lucha, es además una definición estratégica. No sobra apuntar que la dispersión es un elemento deseado por el Estado y el capital, a quienes les conviene negociar luchas separadas. Los procesos de transformación de los que hablamos solo se desarrollaran cuando sean las mayorías explotadas quienes se lancen al ruedo por una revolución de mil colores. Esta unidad por fuera del marco estudiantil hay que desarrollarla, además, junto a compañeras antiautoritarias inmersas en otros movimientos sociales, que vienen militando también desde una perspectiva de clase y a través de la inserción social.
El trabajo de base y la inserción deben ser herramientas que nos permitan generar acciones concretas, por ello es importante darle sistematización a las experiencias y promover la evaluación y autocrítica, tanto en los espacios donde estamos inmersas como en nuestro proyecto político-social. Buscamos metodologías que nos permitan ubicarnos en el escenario puntual, analizando la correlación de fuerzas y la coyuntura, y así, mirar en qué contribuyen las actividades realizadas o la táctica al desarrollo de nuestro programa y la cualificación del movimiento estudiantil. Si carecemos de esta lectura es fácil generar desgaste para nuestra organización y para las compañeras con las que compartimos militancia en los espacios sociales de acción, o de otra forma, desaprovechamos momentos que nos pueden aportar mayores niveles de incidencia o nos demandan mayor militancia y agitación.

Lo que debemos evitar:
Para aprovechar este análisis autocrítico debemos tener en mente varios “vicios” que podemos evidenciar para el trabajo de base en las universidades, que no solo encontramos en otras expresiones organizativas sino también en nuestro campo:
Hablar en un lenguaje que no es comprensible. Es importante revisar el contexto en el que nos encontramos y el nivel de lectura que tienen los actores, sin necesidad de generalizar. Es común que muchas de nuestras compañeras no puedan colocar ciertos discursos nuestros en sus contextos reales e inmediatos sin una serie de discusiones previas.
Presuponer conocimientos que las demás no tienen, pero también, infantilizar el nivel de lectura que puedan poseer. En el primer caso se suele caer en el error de pensar que muchas personas nos sobreentienden y no damos explicación a detalles que puedan abstraer la idea que queremos trasmitir. En el segundo caso, la infantilización de los sujetos termina justificando el vanguardismo, que está en manos de aquellas “iluminadas” que si poseen conocimientos de manera exclusiva y sin posibilidad de transmisión.
Cooptación de espacios amplios. Nuestra propuesta no es crear un movimiento estudiantil anarquista o reemplazarlo por nuestra organización, por el contrario, sostenemos que nuestro papel es generar procesos lo más libertarios posibles, que recojan al grueso de estudiantes, organizadas y no organizadas. Esto no es solo un apunte para el sector sino que también aclara el objetivo de nuestra corriente: no queremos hacer la revolución anarquista, en el sentido excluyente de la afirmación, sino hacer la revolución lo más anarquista posible, pues ella es plural y debe recoger a las mayorías.
Plantear debates fuera de la realidad de las bases sociales. Este error es común dentro de los círculos libertarios. Es importante revisar los problemas concretos y no simplemente colocar nuestras líneas de acción como agenda de los movimientos (cosa repetitiva dentro de la izquierda colombiana), que parece abstracto para las compañeras que no hacen parte de nuestra organización. Esto no significa que no podamos difundir nuestro programa al interior del movimiento estudiantil, pero si es importante diferenciar la agitación a la imposición, así como los objetivos de los movimientos sociales y de las agendas ideológicas, que aunque pueden coincidir, no siempre son lo mismo.
Generar acciones rutinarias, sin objetivos claros y minimizando el papel de la autocrítica. Es común pensar que actuar por inercia es hacer trabajo de base, siguiendo recetarios o sin revisar periódicamente si las tácticas que estamos implementando sirven o no. Es importante diferenciar a su vez el papel que podemos tener desde la propaganda y desde la militancia: no toda actividad de la organización es trabajo de base, por ejemplo, cuando agitamos objetivos de nuestra agenda.
Menospreciar el ámbito académico, sin que ello quiera decir caer en el culto a la institución educativa. Dentro del movimiento estudiantil es común pensar que los únicos espacios para discutir, organizarse o movilizarse es por medio de paros o bloqueos, desvirtuando el espacio de las clases. En otras palabras, se suele considerar que es más valiosa la discusión de plaza pública que lo que se puede desarrollar en el salón de clases (para nosotras es importante generar una dialéctica que entienda la importancia de ambos espacios y los complemente, superando las debilidades que tiene cada uno). Esta lectura de culto a la ultra-militancia puede perder de perspectiva al sujeto estudiantil, que en muchos casos está en principio por la academia. Ello no quiere decir que no debamos problematizar el culto a la academia o la idealización del “buen estudiante”.
Mediocridad e incoherencia de los militantes. El estereotipo de activista vago y borracho es una crítica de varias personas a las organizaciones estudiantiles, que tristemente no se aleja de la realidad en muchos casos. Varias estudiantes no interiorizan la lucha que le plantean algunas compañeras cuando asumen una posición incongruente, que no solo se queda en el estereotipo mencionado sino que también llega a actos de machismo, discriminación de clase o autoritarismo. Una postura de coherencia (diferente al concepto burgués de “perfección”) tiene para nosotras una relación directa con la ética libertaria, que nos habla de la necesidad de articular fines y medios. Este parámetro no significa que como Grupo ya poseamos la coherencia necesaria, sino que la constante autoevaluación nos permite generar mayor dialogo con compañeras sin que nos miren como personas que viven más del discurso que de lo que hacen.

La propuesta cómo GeA:
Como organización asumimos que en el contexto en que nos encontramos nos demanda una táctica concreta para abordar la inserción social y el trabajo de base, que alimentan estratégicamente nuestro programa. Así, al ser un colectivo con presencia principalmente en las universidades públicas de la capital, es importante entender la dinámica propia de este tipo de escenarios en comparación con el sector privado, el secundario, las universidades regionales o la educación técnica y tecnológica.
Entre otras cosas, hemos definido la apuesta por la creación de Consejos Estudiantiles para las carreras y facultades donde estamos inmersas, promoviendo la pluralidad de pensamientos y la amplitud frente a cómo se entienden gremialmente. Para nosotras, estos consejos no deben limitarse a las tradicionales coordinadoras de organizaciones estudiantiles sino que deben estar abiertos a todas las estudiantes a las que pretende llegar, favoreciendo el poder de decisión de las asambleas amplias contra las reuniones de fuerzas. De igual manera, y para no caer en el aislamiento, creemos fundamental proyectar encuentros de estudiantes de áreas afines, con la idea de fortalecer la unidad gremial más allá de los espacios particulares, además, de potenciar la solidaridad efectiva con otros movimientos sociales con la participación en movilizaciones de manera activa, apoyando la creación de espacios de unidad social y articulando demandas a través de la multisectorialidad.
Frente a lo que apuntábamos de influir con prácticas libertarias es importante materializarlas en propuestas tácitas. Por ejemplo, los consejos estudiantiles y las asambleas nos son favorables para promover la horizontalidad en las decisiones, si bien es una pelea por ganar en varios lugares donde la jerarquía aún ocupa protagonismo. Una postura anti-burocrática también puede desarrollarse de mejor manera en un Consejo Estudiantil que se organice de manera abierta y amplia, donde se asuman responsabilidades de manera voluntaria, comprometida y rotativamente, y no en espacios que le apuesten a la división vertical de tareas. El federalismo libertario también nos es útil a la hora de proponer la manera en que carreras o facultades deben interlocutar, donde podemos explotar la autonomía y la libre asociación versus la democracia representativa. Las delegaciones rotativas y con vocería limitada a las discusiones de base también nos ayuda a combatir el verticalismo del movimiento, donde prima más lo que deciden los líderes de diferentes organizaciones y no lo que se discuten en las facultades o universidades.
Por eso nuestra apuesta es construir movimiento estudiantil fuerte y desde abajo, a partir de los consejos estudiantiles de carrera y facultad y la federación de los mismos, que logren articularse a nivel nacional y con un carácter internacionalista; el trabajo de base y la inserción social son nuestras herramientas para ello. El objetivo que pretendemos es luchar por una educación digna y gratuita, para ir creando al tiempo educación libertaria y popular.

¡Arriba las que luchan!
Grupo Estudiantil Anarquista- GeA
Febrero, 2015

* Utilizamos el femenino, haciendo alusión al concepto de “persona” en vez de referirnos en masculino, construcción histórica que simboliza el patriarcado y la generalización de lo masculino.
Textos que pueden ayudar a profundizar el tema y sirvieron como insumo para las nuestras discusiones y la elaboración del presente documento:
El trabajo de base como principio, táctica y estrategia constante, Grupo Estudiantil Anarquista.
Dualismo organizativo, minoría activa y la discusión entre ‘Partido’ y ‘Movimiento de Masas’, Extractos de una entrevista realizada a la Federação Anarquista do Rio de Janeiro (FARJ), realizada por Jonathan Payn (Frente Anarquista Comunista Zabalaza – ZACF, Sudáfrica).
La inserción social anarquista, Felipe Ramírez.
Cartilla de Formación: Trabajo de Base en la Universidad, Estudiantes en el Frente Popular Darío Santillán.
Formación de formadores y formadoras para el trabajo de base, Frente Popular Darío Santillán.
1 Cuando en entonces no era común identificar otros movimientos sociales, por ser embrionarios o por un excesivo obrerismo.

https://grupoestudiantilanarquista.wordpress.com

Anuncios