El 17 de noviembre en toda Francia se sucedieron manifestaciones en protesta por la subida del carburante que el presidente del gobierno, Macron, anunciaba para el próximo mes de enero, creando algo así como un movimiento apodado “gilets jaunes” (chalecos amarillos).

El comienzo

Desde el anuncio de la medida del aumento del carburante, surgieron distintas protestas a través de internet como reacción a la noticia que el presidente anunció. A partir de todo este revuelo que no parecía terminar de materializarse en las calles, dos transportistas decidieron lanzar una convocatoria el día 10 de octubre animando a realizar bloqueos en las carreteras el día 17 de noviembre. El seguimiento no se hizo esperar y alrededor de 2.000 grupos se sumaron a la iniciativa llamando al bloqueo de carreteras, abriendo peajes, colapsando refinerías o convocando manifestaciones. Para ser identificados, “los convocantes” pidieron que quienes secundaran las protestas llevaran chalecos amarillos o que los pusieran en los coches como forma de visibilizar el apoyo.

Las convocatorias siguientes

Alrededor de 300.000 personas salieron en toda Francia el día 17 de noviembre movidos por las convocatorias y llamamientos que se venían planeando días antes y sin ningún tipo de apoyo por parte de organizaciones sindicales y políticas mayoritarias. Alrededor de 400 personas resultaron heridas y 200 fueron detenidas. Unos 90.000 policías fueron desplazados a las zonas de protesta en toda Francia.

A pesar de la represión ejercida por la policía y de los fuertes enfrentamientos que se sucedieron el 17 de noviembre, se lanzó otra convocatoria para el siguiente sábado 24 noviembre a la cual acudieron de nuevo cientos de miles de personas organizadas, en parte, a través de las redes sociales pero también gracias a la espontaneidad y el efecto llamada de los días anteriores.

A partir de dichas fechas, la presencia en las calles de todo el país y los enfrentamientos se han ido sucediendo todos los sábados siguientes con cientos de heridos, detenidos y muchos enfrentamientos con la policía. Decenas de ataques a símbolos del gobierno y del capitalismo y saqueos han ido dándose a lo largo de estas jornadas llegando, incluso en algunas regiones, a implantarse el toque de queda. La cifra de muertos ronda la decena y la mayoría han sido provocados por situaciones de pánico, atropellos y huidas. Los heridos se cuentan por centenas y muchos de ellos gravemente debido a los disparos de pelotas de goma de la policía, lanzamiento de granadas de TNT, gases lacrimógenos, etc.

¿Qué reivindican los “chalecos amarillos”?

El tema central parece que deja como protagonista el aumento del precio del carburante. Teniendo en cuenta que dos tercios de la oferta automovilística en Francia dependen de los coches diesel y habiendo estado el gobierno durante años animando a su compra, resulta una especie de tomadura de pelo que ahora se le añada un impuesto extra a este carburante. Esto, para empezar, supone que mucha gente tenga que plantearse cambiar de coche (porque de repente ya no son tan ecológicos, una media muy parecida a la que estamos presenciando en Madrid con la nueva normativa) o que tengan que prescindir de él en una sociedad y en unas ciudades que están pensadas y construidas para tener que desplazarse con el coche. Pero la cuestión y el motivo de esta revuelta generalizada en Francia va más allá.

El tema que subyace de todo esto es la general carestía de la vida (que se vería incrementada de forma indirecta con la subida del carburante, dado que todos los bienes necesarios – hasta los más básicos – son transportados con vehículos de una u otra forma). Este hecho se interpreta por gran parte de la sociedad francesa como un nuevo ataque hacia las personas más empobrecidas y precarias.  Pero no sólo, dado que Macron, con esta última decisión, se ha puesto en contra a una amplia mayoría de la población que perfectamente puede en torno a una “clase media”. Significaría resignarse, como por ejemplo ocurrió hace unos meses, cuando se bajó el impuesto a las grandes fortunas para aumentárselo a los que menos tienen. O que se redujeran impuestos por valor de casi 20.000 millones de euros a empresas privadas. O que se implantara una fuerte reforma laboral que dejaba en la estacada a muchos trabajadores. Esta medida es sólo una dentro de un paquete de reformas en contra de los más pobres que el presidente tiene pensado para su legislatura, el cual, ya ha efectuado en más de un 70% en el transcurso de su corto mandato.

La gran sacudida que ha producido este movimiento al país, ha provocado que el presidente del gobierno anulara la aplicación de dicho impuesto durante los próximos 6 meses. Pero a la sociedad francesa no le sirven las migajas por lo que las manifestaciones, acciones y protestas se han seguido produciendo cada sábado en multitud de localidades, la mayoría de ellas muy violentas y fuera del control policial.

Las protestas se han ido volviendo más fuertes por momentos y se ha aumentado el nivel de conflictividad y tensión conforme se iban convocando las sucesivas citas. Pero los cientos de detenidos y heridos, la enorme presencia policial, el fuerte dispositivo paramilitar que ha sido trasladado a las calles para intentar parar las movilizaciones y la situación de alerta social no han sido suficientes para frenar las intenciones del gran puñado de personas que confluían en las calles. Incluso la navidad no ha sido un obstáculo, aunque sí que es cierto, que a raíz del desgaste que ha ido suponiendo todas estas jornadas de duros enfrentamientos contra las fuerzas policiales, en algunos momentos la asistencia ha podido menguar.

Hay que tener en cuenta que el calado político y social que está teniendo este asunto en Francia es muy importante y que no se trata de algunas personas aisladas. Además, como cuestión interesante, esto ha desembocado en una normalización de la práctica de acciones que durante mucho tiempo han sido desempeñadas únicamente por una minoría (saqueos, robos en bancos, expropiaciones, ataques a entidades financieras y del gobierno, etc.).

Un movimiento heterogéneo

Sería un error tildar a este movimiento con un solo corte político. Se trata más bien de una revuelta generalizada en la que distintas personas con sus distintas formas de pensar, han confluido en una cuestión común.

Organizaciones de toda índole no se han hecho esperar para intentar apropiarse de todo esto, encontrándose personajes y organizaciones que van desde la izquierda hasta fascistas (como el Reagrupamiento Nacional, antiguo Frente Nacional, que apoya las protestas de los chalecos amarillos y se lava las manos esperando los 6 meses que se han concedido para anular la subida del carburante, justo cuando darán comienzo las elecciones europeas).

Un interesante precedente

La arrogancia del presidente francés se ha visto aplastada gracias a las semanas de revueltas imparables que le han hecho retroceder en cuanto al impuesto de los carburantes, a la congelación de las tarifas de electricidad y gas y en cuanto al anuncio de la subida de 100 euros en el salario mínimo interprofesional (medida que, por cierto, ya estaba contemplada con anterioridad en su programa electoral). Esto le ha obligado a parar en cierta medida su paquete de reformas austeras que tenía programado efectuar a toda costa, esperando así que se apacigüen los ánimos y se vaya desinflando una revuelta que es apoyada por gran mayoría de la población francesa.

Es cierto que la situación ha mantenido al país en un bloqueo generalizado y que no se puede negar que ha quedado más que evidente que las verdaderas luchas y las herramientas realmente eficaces surgen de la presencia en las calles, de la tensión hasta alcanzar los propios límites que el sistema puede soportar y de la auto-organización y horizontalidad entre iguales. Además, es de valorar muy positivamente cómo han ido transcurriendo los acontecimientos teniendo en cuenta que no se ha contado con ningún apoyo de organizaciones políticas mayoritarios y “oficiales”.

Ahora la cuestión es ver si el hecho de que el presidente haya reculado, signifique que las protestas se apacigüen o por el contrario, comprobando que mediante la presencia en la calle y la confrontación directa se consiguen objetivos, se anime más la situación y se aspire a mayores. Es decir, pasar de la protesta a la lucha, a objetivos más transversales, a cuestiones que ocupan más ámbitos en nuestras vidas y a plantear discursos que no puedan ser recuperados por el poder y que huyan de meras reformas ante impuestos, medidas laborales o de austeridad.

Esperamos que se produzca un efecto de contagio y que dentro de nuestras fronteras caiga esa gota que termine de colmar el vaso de una vez por todas.

extraído del número 4 del periódico anarquista “Aquí y ahora” www.aquiyahora.noblogs.org