no a la guerra 1Dice el historiador inglés Graham Robb (1) que existen testimonios que hablan de la muerte de soldados bretones en las trincheras francesas a manos de sus congéneres galos, bien porque éstos los tomaron por alemanes, bien porque los infortunados bretones no comprendían las órdenes recibidas en francés. Recorriendo el País Vasco medio siglo antes, en torno a 1870, escritores franceses en busca de rusticidad apenas encontraban interlocutores que les entendieran fuera de las ciudades, como Bayona o Biarritz. Sin embargo, cuando a principios de agosto del 1914 las campanas de las iglesias de todo el Hexágono repicaron llamando a la “Movilización General”, decenas de miles de jóvenes cuyo aprendizaje de la lengua y la cultura francesa así como de la historia de Francia la habían realizado en sus pocos años de asistencia a la escuela primaria, se prepararon para marchar al frente y “defender con su vida el honor herido de la Madre Patria”.
Gentes que no habían salido de su valle, apenas se cruzaban con personas de fuera de él, y no recibían información del mundo más que de un sólo periódico, vivieron la anexión de Alsacia y Lorrena por Alemania como una agresión en sus propias carnes. Movidos por la propaganda nacionalista y militarista, se alistaron al unísono sin saber que se volverían carne de cañón de la primera guerra industrial de la historia de la Humanidad.
Entre los intelectuales vascos, raras fueron las voces que se alzaron contra la guerra. Pero las hubo: la del médico anarquista Fernand Elosua, por ejemplo, que fue antimilitarista y sufriría la represión por ello. En el País Vasco Norte, la Iglesia y sus publicaciones afines, singularmente el periódico Eskualduna fundado por el cura y tradicionalista Hiriart-Urruty en 1887, fueron un sólido vector de apoyo a la propaganda de guerra francesa. En sus páginas, desde la línea del frente, escribieron varios autores, como el médico y escritor Jean Etxepare o curas como Jean Elissalde “Zerbitzari” o el que posteriormente llegaría a ser arzobispo Jean Saint Pierre “Anxuberro”. Todos sin excepción se emplearon en describir el “sacrificio” y el “heroísmo” de los soldados vascos entregados en la labor de “salvación” de la nación francesa. Jean Barbier, cura y escritor, publicó dos libros Piarres I y Piarres II contando el antes y el durante la Primera Guerra Mundial, realzando el “honor” de participar en ella y “verter sangre vasca” contra el “enemigo” alemán. Pero aun así, hubieron
cientos de desertores, que aprovecharon la cercanía de la frontera para pasarse a Navarra o Guipúzcoa y escapar de la carnicería de las trincheras, los gases, los obuses y las bayonetas.
El servicio militar obligatorio y generalizado a todos los hombres jóvenes se instauró en Francia después de la guerra franco-prusa de 1870 (y el consiguiente exterminio de los participantes en la Comuna de París). Ello daba la posibilidad de organizar la “Movilización General” y obtener inmediatamente cientos de miles de soldados. Manex Hiriart-Urruty alabó la capacidad reclutoria de la armada, en éstas líneas publicadas en Eskualduna el 7 de agosto de 1914:
Aquí tenemos una movilización increíble. Jamás se vio algo similar en Francia. Tantos hombres, en un orden tan bello, tan rápidamente, habiéndolo dejado todo, todos soldados.
Si debemos entrar en guerra, que así sea. ¡Viva Francia!
En un ejercicio de literatura didáctica altamente ideologizada, Jean Barbier (2) escenificó el momento en que unos labradores, reunidos en auzolan (trabajo vecinal) de recogida del trigo, comprenden que las campanas avisan de la declaración de guerra y de la llamada al alistamiento de los hombres jóvenes. Entonces el padre se dirige a su hijo mayor:
“’Anda, Piarres, y entérate [en el pueblo] de la noticia malvada que no conocemos más que de sobra. Y, si tienes que irte allí, no olvides que antes deberás pasar por casa del cura…’ Sin decir una palabra, recogiendo su chaqueta de una esquina, Piarres se abrochó el cuello de la camisa y luego se alejó hacia el pueblo, él también con los ojos muy serios…”
La consecuencia de ésta enorme movilización fue el cambio de organización de la guerra que hasta entonces se conocía. Se introdujeron armas de destrucción masiva, como la ametralladora que ya había aparecido en la Guerra de Secesión americana, para detener a ejércitos con semejantes efectivos humanos. Los valores caballerescos que imperaban entonces en las élites militares europeas mostraron su caducidad. Estaba tan arraigado en el código de honor militar que “los oficiales mueren de pie”, que en los primeros días de la contienda caían sin cesar los hijos de la aristocracia y de la alta burguesía. Tanto, que por miedo a la falta de mandos, el ejército francés debió sustituirlos por maestros de escuela, fieles y temibles educadores en patriotismo, pero parece ser, más apegados a la vida.
Llama la atención que revolucionarios como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en Alemania (ambos aparecerían asesinados en enero de 1919) y antimilitaristas franceses preconizaron la nobeligerancia entre proletarios. No fueron escuchados. El socialista pacifista Jean Jaurès fue asesinado cuatro días antes de la declaración de guerra en París. La guerra estalló.
Para Jean Etxepare, la unión de los obreros fuera de la patria era pura falacia. Así lo recordaría en 1923, en el pueblo de Aldude en el que ejercía de médico y de adjunto al alcalde, en la inauguración del monolito de piedra a la memoria de los once hombres del pueblo muertos en la guerra:
A menudo oiréis que no existe la patria, que son unas grandes fortunas las que gobiernan el mundo, que todos los pueblos podrían vivir, fácilmente, bajo un mismo gobierno. No es verdad. No cabe maldad más obscena. Los pueblos viven separados, cada cual en su límite, cada cual en la tierra que ama, cada cual con las dificultades y las alegrías que les brindan la tierra y el cielo, cada cual bajo el mando de sus dirigentes, dueño de sus creencias. No hay ni puede haber hombre o reunión de hombres que una a todos. Por eso siempre habrá luchas y guerras, y es el deber de todo ciudadano de defender su país, con todas sus fuerzas, cuanto más cuando el enemigo le ataca injustamente. Los vecinos del pueblo que hoy nombramos protegieron a Francia hasta verter su sangre por ella, honor a ellos! (3)
En Francia, ¿sería por miedo a la rebelión obrera? la mayoría de los soldados reclutados era de orígen campesino. Así, Jean Etxepare testimoniaba, desde el frente:
“Ahora, en la primera línea, no se ven más que campesinos. De cien hombres, setenta son labradores. Los demás son carpinteros, comerciantes, carroceros o albañiles de pueblos, pequeña gente.
Entre los mandos hay negociantes y pequeños industriales; y junto a ellos modestos empleados del gobierno”.
Para Jean Barbier,
“¿quién mejor [que el campesino] defendería la tierra francesa, siempre en lucha, siempre enemigo y amigo de la tierra, durante toda su vida?
De tal manera que, si históricamente las poblaciones campesinas y las obreras vivían separadas por una fuerte oposición ideológica -tradicionalista y clerical la primera, revolucionaria y anticlerical la segunda- la Primera Guerra Mundial no hizo sino ahondar más las distancias entre ambas.
En el País Vasco Norte, arrastrado por la Iglesia, el campesinado consideró un deber ir a la guerra. Volvamos a la novela Piarres I, de Jean Barbier. En ese sentido, es ejemplar del caso de cientos de jóvenes vascos que se alistaron. El personaje principal Piarres ha sido llamado a filas y se prepara a marchar al frente. La familia está reunida de noche entorno al fuego cuando de pronto, llaman a la puerta. Es un desconocido, del pueblo fronterizo de Bera, en Navarra, al otro lado de los Pirineos. El hombre propone llevarse al jóven con el fin de que escape de la guerra y le ofrece incluso trabajo remunerado. La respuesta de Piarres es la siguiente:
“-¿A qué has venido esta noche, ya que nadie te pidió nada? O tienes a Piarres de la casa Oihanalde por uno de esos hombres a los que se puede menospreciar? … ¡No señor, no! No quiero perder la tierra vasca…
-En nuestro pueblo estarás en tierra vasca…
-Pero perderé la nuestra.
-Pronto la recuperarás, al cabo de unos años más o menos, gracias a una amnistía.”
En efecto, la ley francesa preveía el embargo de los bienes (casas, tierras…) de los desertores. La novela prosigue, y toma la palabra la madre de Piarres. A través del personaje materno hablan, sin lugar a duda, el escritor y su ideología:
“Ya vale, hombre despiadado, hombre sin alma al que importa tan poco el dolor de un padre y de una madre! … Y tú, Piarres, debes saber que tu padre y tu madre te preferimos muerto antes que deshonrado para siempre!”
Observemos como incluso en una buena familia católica practicante y sanamente patriarcal puede atreverse la mujer a tomar la iniciativa, de buenas a primeras. Es conveniente pues, como lo hiciera Thomas, el padre de Piarres:
“Thomas, blanco como un lienzo se giró hacia su compañera querida, muy enfadado, pero le dijo con amor: “Te perdono, Gaxuxa, que te me hayas adelantado. Ahora me toca a mí…” Y le señaló la puerta al de Bera diciéndole: “¡Ya vale! Vete por donde has venido, y rápido, será mejor para ti…”
No existen registros oficiales del número de desertores o insumisos que se produjeron durante la Primera Guerra Mundial. El ejército francés esperaba una tasa del 13% de deserción, pero ésta cifra se quedó en el 1,5%. En 1917 el porcentaje de desertores aumentó y alcanzó los 21.174 hombres. Sólo en 1917 hubieron 1.211 motines. Entre 1914 y 1918 se proclamaron 2.400 penas de muerte en juicios militares. Oficialmente, 1.436 hombres fueron fusilados por motín o deserción; el resto condenados a trabajos forzados. Pero las ejecuciones sumarias existieron, fácilmente camuflables en muertes en combate. Desde Navarra, al otro lado de los Pirineos, Pío Baroja (4) escribió:
“La guerra hace que periódicamente se presenten desertores en Bera [donde residía el escritor]. Los ha habido de casi todas las nacionalidades del grupo de los Aliados. (…) El mayor número de desertores ha sido de vascofranceses de las aldeas próximas. La gente de aquí, del pueblo los trata bien, y encuentran muy lógico que se escapen. Cosa extraña. Los franceses trataban mal a los desertores españoles que se escapaban para no ir a la guerra de Cuba o de Marruecos”.
La deserción tenía lugar con mayor frecuencia al final de los permisos de reposo. Era tan grande el fenómeno, que en octubre de 1915, se prohibió a los soldados originarios de las zonas fronterizas pirenaicas volver a sus casas a descansar o quedarse en convalecencia. Jean Saint Jean desmintió semejante blasfemia, según él:
¡Mentira! Desde aquí [en el frente] los vemos volver rectos, en su debido momento, y ya no se oye ni palabra sobre los desertores.
A partir de diciembre de 1915, esa prohibición se extendió a los Alpes y concretamente, las fronteras franco-italiana y franco-suiza. Se habla -sin confirmación- de 400.000 hombres insumisos o desertores en la Primera Guerra Mundial, del lado francés. En el País Vasco y la zona limítrofe del Béarn, habrían sido 16.889 insumisos y 1.086 desertores. Pero no se conoce el número total de reclutados y es imposible realizar porcentajes.
Globalmente, éstas son cifras importantes. Pero parece necesario subrayar dos matices para contextualizarlas mínimamente. Por una parte, durante el primer conflicto bélico mundial Francia movilizó a 8.410.000 soldados, de los que fallecieron 1.357.800 y resultaron heridos 3.595.000. Las estadísticas muestran que murieron 22% de los oficiales y 16% de los soldados rasos y suboficiales. Entre éstos, 30% pertenecían a la infantería. ¿Son 400.000 desertores – si así fueronmuchos o pocos? El caso es que existieron, aun cuando a nivel ideológico, la presión era tremenda. La hecatombe de tantos hombres jóvenes representó un traumatismo al que no escapó ningún pueblo ni ciudad del estado francés. (Hay que representarse que murieron alrededor de 300.000 hombres de media anualmente, durante cuatro años). Simbólicamente, a través de los monumentos a los muertos que se erigieron en todas las localidades, grandes o pequeñas, ello ayudó a fraguar la idea de pertenencia a una misma nación. La derecha nacionalista y sus representantes políticos trataron de estigmatizar a los “cobardes” que tras el “sacrificio” realizado por sus “hermanos” trataban de aprovecharse de su “sangre vertida”. Se debatieron leyes para embargar sus bienes y no permitirles ser propietarios, etc. En el País Vasco Norte, muchos de esos hombres se quedaron en el lugar de exilio que habían elegido- a menudo, Estados Unidos o Argentina- sin jamás volver a su lugar de nacimiento.
Para terminar, recalquemos que la inteligentsia vasca del Norte siguió los pasos de la derecha nacionalista francesa, ambas a su vez guiadas por la Iglesia. De no poder soportar al “boche”- así se llamaba despectivamente a los alemanes en 1914 – su propaganda fue progresivamente situándose contra el comunismo europeo en general, a favor de la religión y de Franco su defensor en la Guerra Civil española, y por fin, como portavoz de la propaganda del Gobierno colaborador de Vichy, alineándose con el nacional-socialismo. Tal fue el caso del periódico Eskualduna del que hablábamos al principio de éste artículo, y en cuyas hojas publicaron tantos escritores y divulgadores de opinión que hoy día viven en el Panteón literario y cultural vasco. Eskualduna fue prohibido por el Comité de la Resistencia al salir de la segunda guerra mundial. Su sustituto Herria nació entonces, dirigido por el cura y filólogo miembro de la Academia de la Lengua Vasca Piarres Lafitte, y se publica aún hoy día.

Ipar Euskal Herritik,
Iparretako Ak.

(1) ROBB, Graham. Une histoire buissonnière de la France. Flammarion, 2007, p. 94.
(2) BARBIER, Jean. Piarres I. Ibaizabal, 1984.
(3) CHARRITTON, Piarres. Jean Etchepare mirikuaren idazlanak. 1916-1935. Elkar, 1992. p. 258.
(4) BAROJA, Pío. Las horas solitarias. Notas de un aprendiz de psicólogo. In : Obras Completas. Círulo de Lectores. 1999, Barcelona.

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